viernes, 15 de mayo de 2020

Doce soles .



Me dejaba un poquito cada vez que prometía y no hacía. Me dejaba otro poco cada vez que decía mañana y ese día nunca llegaba. Me dejaba otra vez cada vez que nunca aparecía, sábado tras sábado, noche tras noche.
El día que llegó el final, él decía que era yo quien lo dejaba. Sin darse cuenta que fue él quien llevaba años dejándome.
Sin comprender que él ya se había ido hacía años aunque estuviera de cuerpo presente.
Porque aunque estuviera, él hacía mucho que ya no estaba, o al menos ya no era ni él mismo, ni el 
mismo que había sido antes.
Había asesinado mi corazón sin premeditación alguna.  Pero aún así lo había hecho. Había aniquilado mis esperanzas, mi confianza y mis ilusiones. No dejó rastro de mí. Había pisoteado mi propia estela tantas veces. Que yo ya no sabía cual era el camino de vuelta. Y me perdí. Me perdí muchísimas veces hasta que comprendí que si yo lo había perdido a él, él también me había perdido a mí. Nos perdimos ambos mutuamente paralelamente y fue cuando decidí armarme de valor, eso que nunca supe que tenía, y lo hice. Decidí buscarme de nuevo, aunque eso significara aceptar lo que había pasado; aquel amor de verano que había durado doce soles ya no tenía más cuerda. Ya no giraban las agujas para iluminarnos de nuevo. Nos habíamos quedado a oscuras hacía años. Y cómo estábamos a oscuras no podíamos , no sabíamos o no queríamos verlo. 
Ya no quedaba nada. sólo el reflejo de algo que alguna vez fue hermoso. Pero ya no lo era. Y está claro que nunca supimos volver a serlo.


Estela de Lunares.